La Clínica Psicoanalítica: Una Incesante Interrogación

Tomar palabras de otro para un comienzo quizá no sea un estilo apropiado, recomendable o atractivo; pero me pareció justo en la medida que me permitiera avanzar en mi propia palabra, hoy ante ustedes. En definitiva, es por la palabra interpuesta por...

Lic. Francisco Luzza

 

 

 

Para comenzar voy a tomar prestadas las palabras de otro:

Desgarrar el papel al escribir

para que desde el comienzo

asome por debajo el deterioro,

el desgaste, el hundimiento

al que se debe someter toda escritura

esa invalidez original,

limará las palabras

y acotará los desahogos,

hasta que surja el hilo retorcido

y ajustadamente abismal

del lenguaje correspondiente al hombre

que la escritura desguarnezca

a la mano que simula providencias

que la escritura no contribuya a armar la máscara

sino el rostro sin afeites que oficiamos

que la escritura enrole en su constancia

la cantera y la piedra

la secuencia y término

la destrucción y el límite.

 

Roberto Juarroz

Poesía Vertical

1983/1993

 

 

 

Tomar palabras de otro para un comienzo quizá no sea un estilo apropiado, recomendable o atractivo; pero me pareció justo en la medida que me permitiera avanzar en mi propia palabra, hoy ante ustedes.

En definitiva, es por la palabra interpuesta por otros que hoy puedo estar aquí y vaya en esto mi pleno agradecimiento a la invitación de esta posibilidad.

Posibilidad de encuentro que, supongo, anida el presupuesto de la circulación fecunda de los entredichos de la lengua de los analistas en la cultura de nuestros tiempos.

Los ejes que configuran la intencionalidad de este texto se orientan en tratar de cernir algunas reflexiones en torno al deseo del analista y al estilo de su práctica.

Puntualizaré algunas escenas del quehacer clínico con un ejemplo que tomará en cuenta el marco de posibilidad del ejercicio de esta profesión u oficio que Freud calificó de “imposible”.

Comencé por el estilo, más bien a preguntarme a cerca de él: mi idea inicial orilló la presunción de si por estilo podríamos hablar de las marcas de lo personal en la práctica que ejercemos y del modo que asume la intención de su transmisión. ¿Sería acaso el relevamiento de ciertas “cualidades” especiales que se aglutinarían como un ideal a alcanzar?

¿O podría pensarse que se trataría de ese forjamiento singular que se va efectuando a “la medida de la mano” del intérprete, en este caso alguien propuesto a analista en la práctica del psicoanálisis?

Así en esta vorágine de preguntas, la idea que se me repetía y quizá pensar la repetición nos acerque a algo del estilo, era que el estilo tenía que ver con marcas, huellas que se inscriben de nuestros encuentros fallidos o fecundos con el discurso del Otro , digo el inconsciente.

Por esta vía me instalé en pensar que el estilo no podía ubicarse por fuera de la transferencia, más aún, del amor de transferencia.

Amor que despertamos y soportamos, que nos atrae y nos molesta, extraño peñasco donde nos debatimos en nuestra libertad como sujetos entre la necesidad y la imposibilidad de ese amor, como de cualquier otro.

Pero entonces, ¿sería el estilo la síntesis histórica de nuestros amores transferenciales?

Toda idea de conclusión me parece desacertada, quizás estos recorridos nos puedan permitir no tanto una resolución sino más bien la posibilidad de construir con mayor precisión el interrogante.

Aún así, entre la vacilación y la prudencia me permitía pensar en el estilo como aquellas marcas que en nuestra práctica nos sostienen en las vías de una convicción ante el desfallecimiento de las certezas cotidianas.

Allí donde ya no queda lugar para la inocencia fingida, donde los ropajes nacarados ya no velan la desnudez originaria. Allí donde sexualidad y muerte estructuran el plano de una existencia: allí donde jugando con los personajes del otro nos cruzamos con los nuestros, allí donde los pacientes con su repetición, en su ignorancia nos, obligan a delimitar el campo de lo posible, en el límite de dejar de ser aquello que ofrecimos al mercado como lo mejor de lo nuestro: la ilusión del porvenir. Allí , decía nos sostiene la apuesta de escuchar tonterías en la convicción de que alguna verdad pueda tener lugar.

Pero así no estoy hablando del deseo?

Creo que el estilo está en relación al modo de estar advertidos de las marcas del Otro que me habita en el encuentro que la práctica nos impone, para no faltar a la cita y poder estar a la altura de nuestra acción.

Así pensé que el deseo del analista es una apuesta que se constituye como una incógnita a despejar en la ecuación de la práctica que intentamos sostener y que se juega cada vez en la singular trama que enlaza al analista y su paciente.

Ahora bien, y en otro sesgo posible, cuando hablamos del estilo más allá de las huellas propias que han calado profundo en nuestro ser, en el propio análisis, en la relación con nuestros colegas, maestros y pacientes, debemos plantearnos algo en relación con el psicoanálisis como discurso en nuestra cultura.

Deberíamos pues revisar las tendencias, las modas vigentes, los ropajes que van tomando los sufrimientos y la adecuación o, mejor aún, nuestra ubicación ante ellos.

¿Cuál es el estilo del psicoanálisis hoy?

¿Deberíamos hablar del psicoanálisis o de los psicoanalistas?. La clínica y sus vicisitudes recorren torsiones que nos sitúan en su perfil más agudo, al borde del enigma y del malestar.

Exponer las alternativas y vaivenes de esas torsiones y hacer de ello un trabajo, nos confirma que un analista sólo se encuentra como tal, cuando en la práctica reconoce en su saber el síntoma de su ignorancia.

Una práctica que engendra los interrogantes que alimentan al psicoanálisis como teoría y que pone en cuestión el lugar del analista en relación con su quehacer.

He desarrollado gran parte de mi práctica en el marco institucional de la Fundación AEPA que hoy aquí represento. Una institución que ordenó sus intenciones fundacionales y su proyecto en relación al trabajo clínico y constituirse y sostenerse materialmente desde la práctica clínica en psicoanálisis.

A 20 años de tal apuesta puedo hoy decir que dicho proyecto implica la propuesta de una marca que haga tope a la dispersión ética de la práctica de los analistas.

El marco institucional implica el funcionamiento constante de una memoria que actúa sobre nuestros “errores clínicos por encubrimiento”, en la armonía inestable de los narcisismos implicados.

Ocupar el lugar del analista es una costosa operación cuyo pago se constituye como insoslayable en una institución que tensiona el valor de esa operación.

Pago que transita diferentes niveles de trabajo, de lectura, de confrontación y polémica que pretenden orientar la formación y la construcción de las razones que den cuenta de lo que hacemos o de lo que pretendemos hacer.

En este sentido creo que el trabajo institucional es una condición de posibilidad para que haya un lugar donde el deseo del analista pueda advenir o reconducir su extravío.

Un deseo que, aunque incógnita a despejar en la singularidad de su trama, perfila su estofa de no inocencia en la medida que no puede no estar vinculado a los efectos que produce, ni tampoco a aquello que lo causó. Por eso pienso que el deseo del analista es impensable sin los otros, psicoanalistas, que funcionen como cierta causa en relación al sostenimiento del proyecto del psicoanálisis.

Sabemos también que los lazos libidinales que anudan a los grupos humanos son consignas que pretenden conjurar la finitud de nuestra existencia y soportar así la estafa de eternidad que construye a los cuerpos. Esto también involucra a la organización de los analistas.

Nuestra pretensión de una acción orientada en la búsqueda de su eficacia no ha tenido pocos tropiezos, tropiezos donde se deshacen nuestras vanidades y nos muestran las fisuras y las manchas de los ideales.

La institución como propuesta y límite cumple su función en la medida que no reduzca los deberes implicados en el deseo del analista, generando un acto de apropiación no satisfactoria del deseo y una despierta relación con el inconsciente en el reconocimiento de la experiencia de su existencia y en la realización de sus efectos.

La fundación de la transferencia constituye la arquitectura ficcional que ofrece la estética del campo de batalla donde podrá o no lograrse la articulación del deseo con la historia, en el destino del malestar sufriente de quién nos consulta.

Si en ese trayecto por el que recorremos nuestros senderos del trabajo logramos que algo del deseo se articule a la historia del paciente, el estilo no será una estética sino una ética que como fundamento oriente el curso de nuestra acción.

¿Acaso no es el amor de transferencia una de las marcas de la época en nuestra formación como analistas que nos permitió interrogar mejor qué es el deseo del analista como causa, para trabajar en nuestro quehacer?.

Las palabras que los analistas producen no son bellos frutos que se desprenden de sus mismos retratos, sino más bien algunos despojos pequeños, pero a la vez inmensos , que se testimonian ante otros de su quehacer.

Un quehacer que acecha al enigma de su propio interrogante y que esboza un atisbo de respuesta.

La escritura de la clínica en psicoanálisis es su intento, la lectura que de ella se haga su desafío.

Desafío que implica reconocer nuestras deudas con aquellos que dejaron su marca en el trayecto de nuestro recorrido como analistas y que nos permite seguir trabajando para hallar una razón o causa que Freud llamó deseo, que justifica y sostiene la existencia de esta aventura llamada Psicoanálisis


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