¿Qué luz arroja el texto “El malestar en la cultura” sobre agresividad e institución?

“El Malestar en la Cultura” es un libro donde podemos interrogar a Freud acerca de las preocupaciones que todo agrupamiento humano concita. Se trate de la cultura, de instituciones, de grupos pequeños, parecieran existir obstáculos comunes: la...

Lic. Rubén Oscar Ameigeiras

 

 

 

La agresividad en la Clínica Psicoanalítica - Miércoles 16 de junio de 2004

"La agresividad y lo institucional: ¿Qué luz arroja el texto “El malestar en la cultura” sobre agresividad e institución?"

 

 

“El Malestar en la Cultura” es un libro donde podemos interrogar a Freud acerca de las preocupaciones que todo agrupamiento humano concita. Se trate de la cultura, de instituciones, de grupos pequeños, parecieran existir obstáculos comunes: la agresividad en la relación de los seres humanos, y la premisa de una hostilidad constitutiva e ineludible, al tiempo de una tendencia hacia el agrupamiento.

 

Pensando un mito constitutivo del yo, Freud señala que el lactante no diferencia un Yo y un mundo exterior, más bien aprende a hacerlo a propósito de las sensaciones que le llegan. Las sensaciones corporales son ineludibles y esto marca un primer esbozo de diferenciación, por contraste con aquellas que son temporarias y que requieren ser “esforzadas” a aparecer nuevamente, mediante acciones específicas que denomina “reclamo de asistencia”.

 

El paso siguiente está comandado por el principio del placer y consiste en el desasimiento respecto de las sensaciones displacenteras, “segregando” del Yo un mundo exterior. Dado que no todo lo placentero es Yo, sino objeto, y no todo lo displacentero es separable del Yo, tiene lugar una discriminación entre lo interno y lo externo guiada por los sentidos y la acción muscular, primer paso para la instauración del principio de realidad.

 

En adelante, el interjuego entre los principios del placer y de realidad expresarán tanto el propósito de conseguir la dicha, como la evitación del sufrimiento, y distintas vías para ello. El propio cuerpo, la hiperpotencia de la naturaleza y los vínculos con otros seres humanos constituirán fuentes del sufrimiento, siendo la tercera la más inevitable.

 

La cultura inhibe, torna inofensiva la agresión, debilitándola y vigilándola mediante una instancia interior. El telón de fondo para ello lo constituyen una encrucijada estructurante del aparato (complejo de Edipo) y un mito del origen (el asesinato del padre de la horda primitiva).

 

La agresión es introyectada y tomada por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyó y ejerce contra aquél, bajo la forma de conciencia moral, la agresividad que hubiera dirigido a otros. Con la misma severidad. La tensión entre superyó y yo la llamamos “conciencia de culpa” y se exterioriza como “necesidad de castigo”.

 

La secuencia consiste primero, en una renuncia a lo pulsional por la angustia frente a la agresión de la autoridad externa; luego, en la instauración de la autoridad interna y renuncia a lo pulsional ante la angustia de la conciencia moral, donde se igualan mala acción e intención; de ahí la conciencia de culpa y necesidad de castigo.

 

Con la interiorización del superyó, los fenómenos de la conciencia moral devienen sentimiento de culpa, y como ante el superyó no hay dónde esconder los deseos prohibidos, fuerza a la punición. Ante la angustia frente al superyó, no alcanza la renuncia a la satisfacción pulsional, el sentimiento de culpa persiste.

 

La génesis del sentimiento de culpa está en el desvalimiento y dependencia iniciales del ser humano, en la angustia frente a la autoridad, más tarde ante el superyó, y en la amenaza de la pérdida del amor, que compelen a la renuncia pulsional.

 

Se enlazan así, ambivalencia de sentimientos hacia el padre, identificación, superyó, castigo, limitaciones. Amor en la formación de la conciencia moral, sentimiento de culpa inevitable y expresión del conflicto de ambivalencia entre Eros y pulsión de muerte. Conflicto que se entabla toda vez que los seres humanos nos planteamos la tarea de la convivencia.

 

Y cuando se trata de convivencia, pensamos en la cultura. Cultura es toda la suma de operaciones y normas que nos diferencian del mundo animal y que sirven a dos fines: protección frente a la naturaleza, y regulación de los vínculos entre los hombres.

 

Si la cultura es la vía de desarrollo necesaria desde la familia a la humanidad, la elevación del sentimiento de culpa es inseparable de ella, como resultado del conflicto innato de ambivalencia.

 

Aun cuando se supone que las normas nos protegen, nos negamos a admitir su insuficiencia y las penas concomitantes; esto revela un “bloque de la naturaleza invencible” que se esconde tras esas dificultades: nuestra propia complexión psíquica.

 

El proceso cultural se caracteriza por las alteraciones sobre las pulsiones humanas, cuya satisfacción es la tarea económica de nuestra vida. Algunas de esas pulsiones se “consumen” en rasgos de carácter; otras son sublimadas, y para otras no queda sino el camino de la renuncia pulsional. Buena parte de la cultura se basa en tal renuncia, que domina los vínculos sociales, y es causa de la hostilidad.

 

La sustracción de cualquier instrumento que sirva de vehículo a la agresividad no hará sino desplazarlo hacia otro lado, y todo intento de privar al ser humano de su “gusto por la agresión”, es inútil. La agresión es planteada como rasgo indestructible de la naturaleza humana.

 

Aquí me permito pasar a Lacan y a su tesis V de los Escritos: Semejante movida de la agresividad como de una de las coordenadas intencionales del yo humano, y especialmente relativa a la categoría del espacio, hace concebir su papel en la neurosis moderna y en el malestar de nuestra civilización[1].

 

Alberto Fernández[2] plantea, siguiendo a Lacan, que la ética de la modernidad, que consistía en la apuesta a alcanzar la felicidad por la vía de un progreso continuo, queda fuertemente cuestionada con Freud, y con ello el ideal de progreso al infinito y la consistencia de un individuo en camino de superación constante. El yo no es donde cree ser y no piensa allí donde supone pensar. De aquí podríamos deducir otra ética en tanto sitúa un límite, supone a un sujeto escindido con problemas para la superación constante. Además, se trata de un sujeto que no siempre quiere su propio bien tal como la experiencia analítica lo demuestra a través de la culpa, la melancolía y el masoquismo. Nuestra época puede caracterizarse como el tiempo de la inconsistencia del Otro por efecto de la caída de los ideales; también se la relaciona con el retroceso del lugar del padre. Pero inconsistencia no significa vaciamiento del Otro. Aun descentrada por el inconsciente, la razón redobla su apuesta de la mano de la ciencia y el desarrollo de la tecnología. Esta modificación en el lugar del saber es el elemento decisivo para efectuar el pasaje del discurso del amo antiguo al amo capitalista. El desarrollo tecnológico motoriza la mundialización económica e instala al mercado como gran Otro que hoy reina y manda, hasta el punto de lograr subordinar la sociedad y el estado a su propia lógica global.

 

En la tesis V Lacan plantea que …la promoción del yo en nuestra existencia conduce, conforme a la concepción utilitarista del hombre que la secunda, a realizar cada vez más al hombre como individuo, es decir en un aislamiento del alma cada vez más emparentado con su abandono original… Por cuanto la aventura de la conquista de la naturaleza, en el marco de la agresividad entendida como atributo intencional del yo y confundida con la “virtud de la fortaleza”, y en el contexto de la dialéctica del Amo y el Esclavo, tornada en un discurso llamado del Amo capitalista, ofrece el marco para advertir sus efectos en las patologías del desmembramiento, la fragmentación, el aislamiento, la angustia. Promesa de un Otro sin fallas asequible por medio de objetos a consumir.

 

¿Promesa de instituciones entendidas como lugar para el consumo propio?

 

Nuestra tarea consiste en volver a abrir las vías de sentido en el marco de agrupamientos que, a un mismo tiempo, reúnen en la ilusión de paridad y resaltan diferencias.[3]

 

En tanto agrupamiento ordenado en torno a normas, ¿las instituciones reflejarán y reproducirán esos efectos - consecuencia de trabajar con los otros, contra otros? Otros que son a la vez, auxiliares, objetos sexuales, de amor y de odio, partenaires, rivales.

 

Una institución es un nudo de promesas: la promesa de abordar el campo específico que le atañe, de incrementar el conocimiento en dicho campo, la acumulación de experiencia profesional, de prestigio, de éxito económico, de pertenencia, de sostén, de reconocimiento, de amores, de odios. Cuando escribía este párrafo, pensé casi con sorpresa: cómo no va a haber malestar en un ámbito así, cada uno esperando algo, de sí, del otro, de la relación, cada uno con sus sueños, sus tiempos, sus miserias. Luego me sorprendió mi sorpresa: ¿qué demandamos de una institución tal que una y otra vez volvemos con asombro y malestar a rastrear obstáculos, a revisar las renuncias pulsionales que creíamos realizadas y aceptadas?

 

El año pasado, en las palabras iniciales del Seminario, la Lic. Ribeiz[4] reflexionaba acerca de nuestro contexto institucional, y planteaba el sostenimiento de una política desde su fundación: el trabajo de lectura acerca de los obstáculos en nuestro quehacer clínico, y el aplicar una dirección al goce: ética de nuestra práctica.

 

Definía allí “institución” como un sistema de normas que nos damos como grupo, y parte integrante de la formación de un analista. Donde intervenir sobre los nudos de goce para promover el deseo es función del deseo del analista, y direccionar el goce para promover el deseo, es función de la conducción de la institución.

 

En tanto agrupamiento ordenado en torno a reglas, ¿una institución debería reflejar y reproducir características del discurso de la época? ¿Qué marcas de nuestra época determinarían qué efectos en la subjetividad contemporánea, tales que podríamos rastrearlos en las patologías que escuchamos a diario? ¿Qué del trabajo institucional recoge, repite, amplifica o sofoca esos efectos?

 

El año pasado hablábamos del quiebre en el sostenimiento de la palabra, como marca característica de los últimos años, afectando el devenir institucional en el campo de la relación entre los colegas, las transferencias de trabajo, y el contrato (como herramienta reguladora de la relación con el paciente y entre nosotros).

 

No es irrelevante preguntarnos a dónde va la agresividad que soportamos en nuestro trabajo. Tampoco lo es el supuesto de que va a parar a la relación con los otros. El grupo, si pensamos su dinámica en tiempos lógicos, tendrá por momentos la característica de ofrecerse como ámbito de catarsis, de encuentro; pero en otros momentos, la agresividad socava los lazos y amenaza disolverlo. Frente a esto nuestra posición ética permitiría encauzar el goce a través del trabajo, con los otros, sin olvidar que la agresividad volverá a presentarse, y nuestra tarea es la de relanzar el trabajo todo el tiempo.

 

En una época en donde las instituciones y en general todo aquello instituido cae bajo el mote de “ineficaz”, “corrupto”, “parcial”, cuestionable porque atiende el interés propio, o sectorial, ¿qué de esos efectos recaen sobre nuestro agrupamiento? ¿Qué de nuestro funcionamiento institucional nos remite a los efectos de la agresividad?

 

La tensión agresiva ¿es provocada por la demanda de los analistas a la institución?

 

¿Y en las instituciones el analista a advenir es síntoma de la institución psicoanalítica?[5]

 

El año pasado el malestar nos llevó a lidiar con los efectos de las intervenciones en la clínica institucional. Toda legalidad conlleva malestar…¿esto será por el dispositivo institucional en sí? Les propongo que reflexionemos sobre estas cuestiones.

 

 

Bibliografía

 

El malestar en la cultura. Sigmund Freud, Obras Completas, Amorrortu Editores, tomo XXI, 1990

La agresividad en Psicoanálisis. Jaques Lacan, Escritos I, Siglo XXI, 1985

El Otro de la época: mercado y discurso capitalista. Lic. Alberto Fernández, Revista La Porteña, n˚6, 2000

Malestar, Cultura y Estructura, Futuro Institucional. Francisco Luzza, Institución Clínica y Psicoanálisis, Lumen, 1995

Seminario dictado por Comité Científico “Intervenciones en la Clínica Psicoanalítica” Apertura - 4 de junio de 2003, Lic. Noemí Ribeiz, Biblioteca de AEPA.

Seminario dictado por Comité Científico, 2003, Actas, Biblioteca de AEPA

Mesa Redonda de la Feria del Libro, ponencia del Lic. Daniel Márquez, 2004

 

 

[1] La agresividad en Psicoanálisis. Jaques Lacan, Escritos I, Siglo XXI, 1985

[2] El Otro de la época: mercado y discurso capitalista. Lic. Alberto Fernández, Revista La Porteña, n˚6, 2000

[3] La agresividad en Psicoanálisis. Jaques Lacan, Escritos I, Siglo XXI, 1985

[4] Seminario dictado por Comité Científico “Intervenciones en la Clínica Psicoanalítica” Apertura - 4 de junio de 2003, Lic. Noemí Ribeiz, Biblioteca de AEPA.

[5]Malestar, Cultura y Estructura, Futuro Institucional, Francisco Luzza, Institución Clínica y Psicoanálisis, Lumen, pág. 146


Volver
Articulos relacionados

Por la Lic. Sandra Vieira, eje temático anual “De la fantasía al fantasma, un recorrido en la experiencia psicoanalítica”. “Qué linda manito”

Por la Lic. Sandra Vieira. Presentación en el seminario del Comité Científico de AEPA “El deseo en la clínica actual. Deseo y estructura”.

Por la Lic. Sandra Vieira. Por qué cuando pensás elegir una profesión, oficio u ocupación se aparecen todos los fantasmas, los miedos, las presiones familiares, etc.? Como influye el fin de la escuela secundaria? Como saber cual es nuestra “vocación”?

 

Random Image
38