La Clínica Psicoanalítica y el Dinero

Escribir hoy acerca del dinero y la clínica en psicoanálisis y del sentido que esto cobra en nuestro trabajo en una institución, puede parecer un despropósito. Pero aún con este acto y con el retorno de sus efectos, desafiamos a nuestros propios fracaso..

Lic. Francisco Luzza

 

 

 

Escribir hoy acerca del dinero y la clínica en psicoanálisis y del sentido que esto cobra en nuestro trabajo en una institución, puede parecer un despropósito.

Pero aún con este acto y con el retorno de sus efectos, desafiamos a nuestros propios fracasos y nos guiamos en el impulso por la pasión y el malestar.

Malestar que nuestra práctica nos devuelve como enigma e interrogación y allí nos sitúa.

Convocar a ese compacto lenguaje de la realidad, llamado dinero, en el que hablan los valores de cambio, nos obliga a intentar despejar las determina-

ciones singulares que el dinero tiene en su anudamiento al dispositivo analítico, en los límites y posibilidades de su realización; y en el tratamiento por parte de los analistas de su necesaria implicación.

Dinero: formidable creación y poderoso regulador de los procesos de intercambio de toda comunidad, que se arroga la paradójica operación de hacer conmensurable, medible e intercambiable aquello que no lo es.

Función que no logra suturar la resistente e irreversible relación de desigualdad que hace que todas las equiparaciones sean ilusorias.

En su aspecto de mediador de la circulación, ha sido víctima de toda clase de afrentas y de ofrendas, de anhelos y temores, de desvelos y consuelos.

De simple servidor se convierte en amo, dios de las mercancías que instaura la vigente vacilación, de un cuerpo atrapado y obsesionado por la propia apropiación, y la propiedad, cuya irremediable contracara es el fúndante desposeimiento constitutivo del sujeto.

Hablaremos del dinero. Del contante y del sonante, del que no hace a la felicidad, pero calma los nervios, según dicen. Ese dinero que tiene el oscuro privilegio de ser el gran olvidado del discurso de los analistas.

Silencio que denuncia la sorda presencia de nuestros “errores por encubrimiento”.

Los economistas dicen que el dinero es la parte “líquida” de la riqueza, para algunos se escurre como agua entre los dedos, a otros, se les hará agua la boca; hay también quienes se ahogarían en un vaso de agua.

Pero si hay algo seguro en nuestros tiempos es que en ese líquido han naufragado muchos análisis.

Nos topamos aquí con los umbrales del pudor y la vergüenza. Estados de humor y sentimientos que ocultan la realidad, realidad sexual que oriente desde el trabajo de la indagación freudiana.

Cierto ademán obsceno nos imaginariza metiendo la mano en el bolsillo de los analistas, o mejor aún en la bolsa y no porque querramos perder la vida aunque nuestra implicación al psicoanálisis quizá consista en una apuesta de vida: dinero y sexualidad, economía libidinal en la cual el trabajo del analista se sitúa como marcado por su propia tachadura.

Economía, que en la presentación de su balance nos muestra que las cuentas no cierran, que los números no dan.

Cantidades inasimilables que no logran conjugarse en el sistema de regulación monetario del placer. ¿No es esto acaso un virulento encuentro con la insoportable alquimia del goce? Interrogar la maloliente estofa donde anidan nuestros profundos escotomas forma parte de la exigencia del trabajo. Aunque con el término trabajo no hay menos complicaciones, si hasta resuenan los ecos de un decir altruista que postula que sólo trabaja el paciente.

Recurso discursivo evitativo o miopía intelectualizante, que muestra el perfil del alma bella.

Si sólo trabaja el paciente el analista en amo advendrá.

En el análisis, aún desde la asimetría de los lugares que implica, comporta una dimensión de trabajo.

Pero aún así. ¿cómo no preguntarnos sobre el valor de ese trabajo, cúanto es lo que cuesta? ¿ Los analistas tienen precio? ¿O es acaso un trabajo inapreciable, donde el dinero nunca alcanza para cancelar y saldar las cuentas?.

Se habla de pago como una escena donde se pone en juego el precio que remitirá a la castración. Pero en esta escena: ¿cuál es el texto, el guión y el montaje?.

Aquí un giro asociativo me evoca al poeta que advertía “no hay que confundir valor y precio”. El pago se articula a una deuda, que en la otra escena, entre cuero y carne, se instaura como no teniendo precio.

Y transferencia mediante, configura la trama de los aprecios y desprecios.

El pago en el análisis se impone como el nombre. Y que sea en dinero hace a la posibilidad de su institución.

Comporta un clivaje en la realidad de la falta y acota los entrampamientos narcisistas de los analistas.

Entonces, pues, y para concluir, si el dinero es un conjunto de deudas, ¿se puede pagar la deuda, en que la palabra, del otro, deja al sujeto?

Las palabras que intentamos hilvanar y sostener acerca de nuestra práctica.

Como analistas, quizás se constituyan en el pago de algunas deudas que hemos contraído en la transferencia y en la historia de nuestro deseo y por las cuales hemos cobrado. Nos han pagado.

Y también nos han dejado pagando.


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