Agresividad y deseo

El modo de titular esta ponencia no deja de provocarme la impresión de una gran dureza en cuanto al peso de estos términos en simple y parca conjunción. Para poder asir un fluir caótico e irrefrenable de derivas pulsionales, al modo del autoerotismo más...

Lic. Gustavo Rebagliati

 

 

 

La agresividad en la Clínica Psicoanalítica - Miércoles 7 de julio de 2004

 

 

El modo de titular esta ponencia no deja de provocarme la impresión de una gran dureza en cuanto al peso de estos términos en simple y parca conjunción.

Para poder asir un fluir caótico e irrefrenable de derivas pulsionales, al modo del autoerotismo más disgregado, se me impone sin la exclusión de alguna intención agresiva que ponga coto a ese fluir. Esta imposición significa la necesidad de un orden, que permita tratar en alguna secuencia, con pretensión de la lógica que le encontramos a la articulación entre los términos.

Como diríamos vulgarmente agresividad y deseo ¿Qué tienen que ver? ¿Esto implicará el ver – la mirada como precepto privilegiado? ¿Privilegio que implica a caso alguna exclusión?

Pero, vayamos por partes, invocamos la imposición de algún orden para no extraviarnos antes de empezar a andar. Me parece propicio recurrir a las aproximaciones freudianas planteadas sobre la experiencia de satisfacción, de dolor, que pueden reencontrarse por su confluencia en el complejo del semejante.

En él, Freud nos propone el ejercicio, de gran interés teórico, de pensar la experiencia en donde el objeto presentado por la percepción sea similar al propio sujeto percipiente, en efecto un semejante. Un objeto semejante fue al mismo tiempo su primer objeto satisfaciente, su primer objeto hostil y también su única fuerza auxiliar.

De éste y estos semejantes es en donde se aprende por primera vez a conocer o reconocer. Esto funciona para nosotros al modo de una matriz que nos marca en el origen.

Las percepciones en tanto complejos, por su diversidad, que emanan de sus semejantes son en parte nuevos e incomparables, por ejemplo los rasgos en la esfera visual. Pero al mismo tiempo pueden ir inscribiéndose otros, como por ejemplo el movimiento de las manos que coincidirán con recuerdos de impresiones visuales muy similares emanadas de su propio cuerpo.

Esto también ocurrirá con otras percepciones del objeto; así cuando éste emita un grito, evocará el recuerdo del propio grito del sujeto y con ello el de sus propias vivencias dolorosas. De esta manera, este complejo del semejante se divide en dos porciones, una de las cuales da la impresión de ser una estructura constante que persiste coherente como una cosa, mientras que la otra puede ser comprendida por medio de la actividad de la memoria, es decir, reducida a una información del propio cuerpo del sujeto.

Toda esta descripción es referida en otra parte (apartado 11 del Proyecto y la carta 52) como una importantísima función secundaria de comprensión en el sentido de comunicación con el otro; el prójimo, y a la vez esta indefensión originaria del sujeto, conviértese así en la fuente primordial de todas las motivaciones morales. En este mismo apartado surge la noción de deseo o moción desiderativa como urgencia del aparato.

Lo que urge desequilibra cualquier homeostasis imaginada. Es decir lo que se presenta como alteración de una imagen es susceptible de ser vivido como agresión a esa imagen.

Pero con esto último parece que condensadamente se acabaron los argumentos.

Aunque es algo más lo que podemos decir sobre la agresividad, y cómo la leemos en su articulación con el deseo.

Así como no dudamos que la agresividad es inherente a la práctica clínica, tampoco dudamos de la dimensión esencial del deseo.

Freud funda un mundo nuevo en el orden de lo humano como mundo de deseo.

En este mundo se ingresa ineludiblemente por la convocación del otro. Otro que ofrece su imagen como gestalt que posibilita la dialéctica de las identificaciones, como unidad ideal, como imago salvadora. Lo que dará lugar a esa organización pasional que llamará Yo.

Esto luego se cristalizará en la tensión conflictual interna al sujeto que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y a partir de aquí se precipita en competencia agresiva, naciendo así la tríada del prójimo, el objeto y el Yo.

Luego esta competencia agresiva será tramitada según se pueda en cada caso con la entrada al Edipo y su posible disolución-desilusión.

Así la identificación edípica es aquella por la cual el sujeto trasciende la agresividad constitutiva de la primera individuación subjetiva.

También de esta nueva matriz edípica queda como saldo la identificación secundaria por introyección de la imago del progenitor del mismo sexo.

Esto hace lugar a un nuevo orden en el devenir del sujeto y demarca un posible sendero deseante. Aunque es menester resaltar que la estructura narcisista y la concomitante tensión agresiva que le hace de soporte no se hace reductible en forma completa a pesar de semejante rodeo complejizante que implica la salida del Complejo de Edipo y su ineludible consecuencia en tanto instauración definitiva del Superyó

Recapitulemos. Es a partir de ese cuerpo unificado por la imagen especular que lo constituye en tanto Yo y su narcisismo consecuente que el sujeto se instala en un entre o intervalo de ser a la falta en ser. Conocemos la definición de deseo como falta en ser. Lo que podría decirse del siguiente modo: que todo despertar de algún deseo tensiona, en tanto falta, cualquier pretensión de imagen sin falta, un ser completo.

Es el deseo en cuanto inconsciente, el que consuma la estructuración primitiva del mundo humano.

Este deseo se las verá una y otra vez con un posible freno que pondrá en tensión agresivamente, como conflicto el deseo y alguna imagen.

Decir alguna imagen es pretender posicionar a la agresividad como noción siempre en referencia a una imagen que se tensiona entre el objeto posible del deseo y la preservación de dicha imagen.

Estas conjeturas son simples y elementales reflexiones en tanto nos parece que la agresividad en sus múltiples formas es puesta en alerta cada vez que algo del deseo atenta como insurgencia a la estabilidad de la imagen que en tanto pregnancia es sucedánea del principio del placer. Esta tensión agresiva siempre presta a manifestarse en toda experiencia de análisis, aunque también valga la aclaración en los diversos momentos vitales en que algo de la imagen, la posesión del ser y su falta, como deseo, se pongan en juego.


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