Estructuras clínicas y agresividad

Su agresividad consiste probablemente en la extensión temática que incluye en las relaciones que enuncia. Por allí aparece algo que pone en juego este trabajo al que nos dedicamos, estamos advertidos y no por eso dejamos de atravesar la herida ...

Lic. Aldo Forno

 

 

 

La Agresividad en la Clínica Psicoanalítica - Miércoles 30 de junio de 2004

"Estructuras clínicas y agresividad"

Por el Lic. Aldo Forno

 

Qué título ... ¿no?

Su agresividad consiste probablemente en la extensión temática que incluye en las relaciones que enuncia. Por allí aparece algo que pone en juego este trabajo al que nos dedicamos, estamos advertidos y no por eso dejamos de atravesar la herida narcisista de no poder abarcarlo todo. Con sus marcas antecedentes del esfuerzo necesario de hacerle lugar a los otros, antes a la palabra y el desalojo de aquél lugar paradisíaco –por vaya a saber qué pecadillo insignificante- en que todo nos pertenecía.

Hemos encontrado útil pensar en términos de estructura –o sea, ciertas relaciones de algunos elementos mínimos suficientes y necesarios- para denominar distintos niveles de aquello con que la experiencia en la clínica psicoanalítica nos coteja

Tomamos como estructura psíquica al menos dos niveles diversos que no se recubren uno a otro en un todo. Por un lado, la figuración conceptual que para Freud era el aparato psíquico instituido –estructurado- con sus elementos/instancias y sus reglas de relaciones económicas, dinámicas y tópicas. Y por otro, un nivel de figuración –que dialectiza con aquél en tanto origen y consecuente- de la conformación –estructuración- del sujeto humano.

En el primer uso, la agresividad es constitutiva de la estructura psíquica misma.

Es constitutiva de la necesidad y por la vía de su inclusión en lo humano de la pulsion, causa última de toda actividad, todo esfuerzo vital.

El esforzar en el propósito vital por los distintos reclamos a atravesar, provoca las especificaciones y las distinciones que denominamos ello – yo – superyó y en otra vía inconsciente – preconsciente – consciente –siguiendo lo que nos enseñó Freud-.

Con una regulación tal que una conducta ligada al propósito de proteger la vida puede tener un registro placentero para una instancia psíquica en tanto produce un registro de violentamiento displacentero para otra instancia. Por caso que aquello que es rechazable por producir dolor corporal lejos de ser evitado sea acometido una y otra vez.

En tanto en el segundo uso planteado la agresividad –asociada o disociada de las mociones de conservación- es consecuencia del atravesamiento de los distintos momentos vitales. Por ser un destino posible del suceso que vivencia el sujeto en el período de que se trate, así como por efecto del acontecer vivencial mismo.

Así encontramos que la pubertad por ser el momento de la vida que da fin a la niñez provoca cierta agresividad sobre el sujeto que es precipitado en ese duelo respecto a ciertos objetos y relaciones. Lo cual no implica ni es consecuencia necesaria sino un destino posible, el que el suceso se inscriba como traumático para el sujeto tal que por ejemplo luego se sintomatice en una dificultosa paternidad.

Además, tomamos en términos de estructura aquello que nombramos estructuras clínicas. Aludiendo a la posible conceptualización de las distintas presentaciones clínicas en términos de distintas estructuras psíquicas y distintas estructuraciones del sujeto. También por esta vía tenemos la expectativa de indicar lo singular de cada consultante, dada cierta estructura psíquica y determinada estructuración del sujeto.

En todos los casos estos desagregados nos traen la mayor labor en nuestro trabajo.

Con el primero de estos usos, recién comentados, hacemos referencia a que la agresividad tiene distintas formulaciones según se trate de psicosis, perversiones o neurosis, en la clínica psicoanalítica.

Para las distintas formulaciones podemos conjeturar un mismo origen en tempranas marcas que pulsan y compulsan el devenir de la vida. Marcas de la época en que se inicia la capacidad del lenguaje, nos diría Freud, impresiones de gran intensidad que no se dejan reconducir a la normalidad psíquica y, aún cuando caídas en el olvido, capitanean en parte dicho ordenamiento.

En tanto para las psicosis las marcas vuelven como una otredad cargada de agresividad, como unas violentaciones desde ese otro –mundo (en las diversas modalidades) y en las perversiones el sujeto llevará la agresividad hasta el punto del hastío en su esfuerzo por hallar un ordenamiento ideal. Es en las neurosis donde encontrará la agresividad –en más o en menos- metaforizada sus expresiones más floridas. Siempre conocida y ajena. Esperable y sorpresiva, dislocada y apropiada, fallida y justificada.

Con la denominación de estructuración subjetiva o construcción del sujeto, hacemos referencia a los diversos momentos lógicos que se deben articular –conjeturamos- para el advenimiento del sujeto normalizado.

Ordenamiento que supone que cada momento vital tiene otros acontecimientos como antecedentes –y como consecuentes- lógicos necesarios.

Así el hecho que las antes mencionadas estructuras clínicas tengan su manifestación como tales alrededor del momento en que el sujeto está en posición de ser portador de la palabra propia –conjeturado como de la lógica de finales de la adolescencia y entrado en la adultez-, encontramos que en las psicosis hay un retraimiento de la situación. Retiro por poner la situación en cierta latencia –paranoias-, por la vuelta a momentos anteriores de la constitución –esquicios-, etc. Decursos en donde lo olvidado vuelve a modo de delirio, escena que regula la tensión agresiva que es propia de momentos de intensas privaciones.

Mientras que en las perversiones la respuesta es la alegría, “a mi juego me han llamado”. Al fin podré ser. Quien siempre he sido. Especie de liberación de esas despreciables limitaciones en que los otros ignorantes nos han querido... sin saber lo que les convenía. Le tocará demostrar lo que debiera ser sabido, demostración tautológica, abrirle los ojos a la justicia respecto de que se es el falo. Que permite plantear algunos consecuentes como la violencia que provocará para el sujeto –falo-de-mamá el deterioro vital de su madre.

Las neurosis plantean una vuelta del pecado original olvidado como retorno de lo reprimido en ciertas formaciones sintomales. Sintomales, desajustadas al momento de que se trata, pero que constituye cierta respuesta eficaz –al menos en otro momento-. Ante cierta ineficacia que resulta, éstas hacen lugar a la posibilidad de algún desconocimiento y acuden a sus otros en la expectativa de que de esa relación saldrá la respuesta con su eficacia recuperada. Disminución de la agresividad que posibilite el encuentro, aumento de la tensión agresiva en la relación y alivio de la tensión esperado como porvenir.

Antes de detenerme entiendo que al menos es importante mencionar otros modos de tomar esta conceptualización.

Esta última descripción sin duda debiera hacer mención respecto de esas consultas, que son tan habituales hoy, que presentan esa vuelta de lo olvidado con una importante crueldad sintomal. Donde el síntoma hace violencia sobre un cuerpo no marcado por la palabra. Que las incluyamos luego en el campo de las neurosis o no, darían cuenta de cierta identificación primordial fallida.

Por otro lado la advertencia freudiana de que si estos desagregados nos son de utilidad para hacer avanzar nuestro trabajo son válidos, pero no deben ocultar que a la hora de recibir una consulta se nos presentan de modo conjugado y no por separado.

Por último, la agresividad tiene una deriva –con sus regulaciones determinadas y determinantes- en lo que podríamos plantear como la estructura clínica que constituye nuestra propuesta de trabajo.


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