El deseo y el tiempo

¿Que es el tiempo, que es el deseo? Preguntas, interrogaciones que en su amplitud pueden arrojarnos al vértigo de cierto abismo. Tiempo y deseo así dicho puede resonar en su enunciado a aquellos bienes de los cuales uno siempre cree que adolesce, bienes...

Lic. Francisco Luzza

El deseo y el tiempo *Trabajo presentado en la FERIA DEL LIBRO 2000

¿Que es el tiempo, que es el deseo? Preguntas, interrogaciones que en su amplitud pueden arrojarnos al vértigo de cierto abismo. Tiempo y deseo así dicho puede resonar en su enunciado a aquellos bienes de los cuales uno siempre cree que adolesce, bienes en falta o con cierta insuficiencia en su utilización.

Generalmente puede producirse una mirada de auto consuelo, para aliviar nuestras preocupadas conciencias que profesa el dicho: ¡Hay poco tiempo para el deseo!. Pero en realidad parece que uno de los males es que sufrimos de cierto desarreglo temporal con el deseo. El deseo es una cita. Un encuentro al que y en el qué nos podemos hallar o no. A una cita se puede faltar, también podemos reiteradamente posponerla, y porqué no, hasta olvidarla. Ese encuentro podrá ser insatisfactorio o podrá constituirse como imposible.

Cierta cuestión con el tiempo no deja de interrogar a los analistas en su acción, reduplicando así cierto desarreglo esencialmente humano en relación a la sexualidad. Sexualidad que llega o demasiado pronto o demasiado tarde, que por falta o por exceso sitúa un destiempo fundamental. Falla que nombra uno de los modos de pensar la incompletud.

Pero digo y propongo que el deseo no falte y que yo pueda estar allí porque si no se pierde, se detiene, un tiempo de mi subjetividad. La idea es poder comentar algunas apreciaciones sobre el tema del tiempo y del deseo desde nuestra experiencia como psicoanalista.

Tiempo y deseo son vértices a los convergen cuestiones de orden fundamental para el psicoanálisis. Junto con la anterior mención en relación a la sexualidad, el tiempo nos ubica en el umbral de aquello que preocupa a todo ser mortal... Bueno, ya está, lo dije: TIEMPO-FINITUD-MUERTE.

Del tiempo vivido, del que nos queda por vivir, para realizar nuestros proyectos, nuestros deseos, de eso también se trata en una experiencia de psicoanálisis. Del tiempo perdido, del reencontrado, del olvido, y la memoria. Pero de que tiempo hablamos?. Seremos capaces de poner en cuestión cierta representación clásica del tiempo?. Clásica y tiránica a la vez, ya que se representa por la figura lineal del recorrido de una flecha, que se orienta en una sola dirección, y que nos deja pasivos, como algo que pasa más allá de nosotros.

Pues bien, no voy a hablarles de ese tiempo, ese que pasa y pasa para todos nosotros, más bien se trata de otro tiempo, otros tiempos, aquellos que se conjugan en intrincados y velados laberintos, que hacen a un tiempo propio y diferente para cada uno. El tiempo de la historia. El tiempo de mi historia como sujeto. Pero mi historia no es solo el pasado.

La historia, la mía, la de mis pacientes, es el pasado historizado en el presente. Presente que no es cualquiera cuando hablamos del desarrollo de la transferencia. Palabra esta, transferencia, concepto que nombra una dimensión particular del tiempo que enlaza al paciente y a su analista.

Pero debemos recordar que para que mi historia, pueda ser revelada, en los capítulos censurados de mi vida; y así alguien definió al inconsciente; es necesaria la presencia del deseo. Deseo que es presencia y que no se confunde con el presente. Presencia que hace resonar juntos pasado, presente y futuro, que son como las cuentas de un collar cuyo hilo es el deseo. Así definió Freud a la fantasía, como algo, que flota entre tres tiempos.

De esa temporalidad psíquica es de la que pretendo hablarles, de esa particular temporalidad que inscribe su advenimiento de presencia sobre un fondo de ausencia. Una condición de lo temporal que liga el ser al desaparecer. Un acontecimiento existe verdaderamente en nuestra representación, cuando ha sido excluido de un presente y puede ser contado como ausente.

Un tiempo, unos tiempos, que no son mera cronología, son más bien tiempos lógicos, que ordenan su lógica en relación a otras referencias. Son tiempos de anticipación, de proyección, de retroacción, del a posteriori, tiempos de anhelos, ilusiones y de pérdidas.

Tiempos que muestran los vaivenes de una historia que está hecha de deseo y de cuerpos, de unos y otros, de semejantes y de extraños. Tiempos que fueron o hubieran podido ser, que muestran los hilos de mi ser, cuando fui sin saberlo.

Hay dos puntualizaciones que desde nuestra experiencia podemos señalar para pensar el tema del tiempo en el análisis. La primera es aquella, que de manera general y poco estricta, ubicamos en lo llamamos transferencia y singularmente en los acontecimientos de repetición que en ella se generan. La transferencia es una relación esencialmente ligada al tiempo y a su manejo. Una ficción en la que el analista ocupa, lo que podríamos llamar, un eje de temporalización de la historia del paciente. La transferencia es un tiempo de repetición, donde no se trata, sólo de la reactualización del pasado en el presente, sino más bien un tiempo, donde la repetición de lo mismo puede transformarse en lo distinto, por la presencia de ese otro que es el analista. La transferencia en su vertiente de repetición es un lugar de producción de acontecimientos psíquicos que implican una de las dimensiones del tiempo en el análisis, lo que llamamos, el proceso de simbolización de las significaciones de la historia del paciente.

Para Freud, repetición y elaboración, marcan la acción del tiempo en el análisis. En ocasión de su texto “Recuerdo, Repetición y Elaboración” decía que: “Hay que dar tiempo al enfermo para poder enfrentarse a las resistencias desconocidas para él. Para poder vencerlas y así continuar con el trabajo”.

Ahora bien, Freud también postuló que los procesos del sistema inconsciente son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el transcurso del mismo, ni en general tienen alguna relación con él. ¿Pero es esto posible?, ¿Podemos sostener así , a la letra, esa formulación freudiana?. Quizás lo que podemos formular, es que los procesos inconscientes son una forma de tiempo, donde todo deviene y nada cesa. Así el tiempo no pasa, no corre, prolifera sin devenir pasado, porque no pasa para nadie.

Para Marleu Ponty la subjetividad no es la identidad inmóvil consigo misma, le es esencial como al tiempo, para ser subjetividad, abrirse a lo otro. Salirse de sí. Un tiempo que tiene que ver con el otro, con los otros. Por eso la repetición en la transferencia nos ofrece el encuentro entre ese tiempo que no pasa y el tiempo que pasa. Entre lo mismo y lo diferente surge esa dimensión propia del humano en el movimiento del deseo como fundamento de la identidad por la alteridad.

Otro filósofo, Haidegger en este caso, decía que el paso del tiempo es un porvenir que va al pasado viniendo al presente. Estas dos citas me permitían pensar en que es por eso que estamos allí, en la transferencia ocupando ese lugar otro, porque nos interesa el futuro. Ese futuro que como tiempo de realización subjetiva, muchas veces está como perdido, opacado, hipotecado o embargado, en el desarrollo de su máxima potencialidad. Por eso nos consultan, aún sin saberlo, para que haya un futuro que nos permita soportar y disfrutar mejor la vida.

El trabajo del tiempo en el análisis no se realiza en un solo sentido, seguimos al menos dos sentidos al mismo tiempo. Hacia el origen y hacia el porvenir. El origen no es el comienzo, si no lo que designamos como un no lugar, que cumple el oficio de anclaje para toda la historia del sujeto. En este no lugar podemos designar tres niveles de realización del trabajo analítico, a saber:

1- Lo que llamaríamos teorías sexuales infantiles o lo inmemorial infantil que perdura en nosotros.

2- La novela familiar, que hablará de la constelación de ese ante que me asigno.

3- Los mitos que no excluyen los familiares pero que involucran también los culturales o sociales.

Estas tres especificaciones marcan los escenarios del trabajo posible en el avance del proceso de simbolización antes mencionado. Por esto pensamos que el análisis en su trayecto puede producir un movimiento transformador en los atolladeros narcisistas, que petrifican el tiempo y congelan al sujeto a una dimensión de alienación en su vida de ese ante, y en su futuro.

La segunda puntualización en relación al tiempo en el análisis, es el fenómeno de la angustia. La angustia en el proceso de la cura debe ser regulada y dosificada, nos recomendamos los analistas para nuestro trabajo, y ya en esta recomendación volvemos a tomar la variable de lo temporal.

La angustia es un fenómeno que en su irrupción y presencia, aplana el tiempo y reduce al instante la perspectiva de mi existencia. Además, y no sólo por esta recomendación que es más ética que técnica, constatamos en nuestras consultas, que en relación al tiempo, en la vertiente de su categoría de futuro, el sujeto se responde con angustia. El porvenir no siempre es una ilusión, sino que muchas veces tiene el rostro de la angustia. Si me angustio por una desgracia del pasado, no es porque el pasado me angustie sino porque temo que pueda repetirse, volverse futura.

La angustia, ese don ambiguo como alguien alguna vez la llamó, es el escenario donde se juega el drama opaco del deseo, en el destino del hombre.

¿Pero, porqué decimos esto? Porque la angustia, situada como el afecto por excelencia, como aquello que no engaña, como fenómeno real que inunda al yo, es siempre frente al deseo. Frente al deseo... del otro. Porque el deseo y el tiempo siempre están en relación al OTRO.

¿Pero, qué quiere el Otro de mí?, ¿qué soy yo para él?, ¿qué soy yo?, ¿qué soy?, Todas preguntas sobre mi ser, mi tiempo, mi destino, mi futuro... mi deseo.

Lo que podemos suscribir con cierta firmeza, constatada vigentemente en la clínica, es que da mucho trabajo estar de acuerdo con el deseo, con mi deseo, o tener las cuentas al día con él. Si muchas veces lo desconozco, otras lo traiciono, otras tantas lo extraño, y otras no sé de qué me hablan. Quizás se trata, que aún sin quererlo, todos tratamos todo el tiempo de vivir en desacuerdo con nuestro deseo. Sin saber el precio que eso nos cuesta, y nos cuesta caro ese pago.

Pero pagamos, no hay duda de ello, tal vez no de la mejor manera, ni con la mejor moneda. Pero se paga; con síntomas, con dolor, con insatisfacción, con culpa.

Pero en fin, ya en el tiempo de concluir, quería decirles que nosotros, AEPA, seguimos apostando al psicoanálisis, a nuestra clínica y ojalá esto nos permita a cada uno de nosotros como analistas, a nuestros pacientes, y a todos como institución, poder seguir forjando un trayecto, que es un proyecto de vida, con una implicación responsable sobre nuestra acción que nos permita no solo desear, sino también querer lo que deseamos para el destino de nuestro futuro.

Quería también agradecer a los invitados que hoy nos acompañan, a los que hemos obligado a leernos para poder compartir con ellos y con ustedes una interlocución sobre este producto que es la revista Coloquios. Producto que es obra del tiempo y del deseo en la historia de nuestra institución. Muchas Gracias.


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