Malestar, Cultura y Estructura. Futuro Institucional

Por el Lic. Francisco Luzza. "Venimos hoy aquí a situarnos en un lugar elegido para un fin, un fin que no se quiere final, sino punto de comienzo..."

“He descubierto que hace falta un poco de coraje para realizar el deseo que hasta ese momento se había considerado inalcanzable."

S. Freud. La interpretación de los sueños

 

I

Venimos hoy aquí a situarnos en un lugar elegido para un fin, un fin que no se quiere final, sino punto de comienzo.

El comienzo de un viaje, un recorrido, que nos ha obligado a atravesar algunas fronteras, que pueda permitirnos hacer un testimonio de las vicisitudes, que en nuestra historia como institución, nos enfrentó a una clínica del y con malestar.

Hace algunos años decíamos que sostenernos en la consistente falla del Padre, como uno de los nombres del malestar en la cultura, era la apuesta a una convicción.

Una convicción fruto de la elaboración provocada por la obra de la transferencia que nos toca, en lo atinente a la cultura de la transmisión del psicoanálisis y a la formación de nuestros analistas.

Hoy seguimos intentándolo, entre muchas otras razones por eso estamos hoy aquí. Un intento para que nuestras palabras funden las letras que constituyan un proyecto vivo de escritura que ligue la deriva de los analistas en su práctica.

Pensar hoy la institución no nos arroja a intentar dar consistencia a un campo que es inconsistente e incompleto (e inconsciente a la vez), sino que nos hace pensarnos con un estatuto de saber no terminado sino iniciado.

Por eso, ese conjunto heterogéneo de tentativas ambiciosas que forman parte de cierto nudo del origen, que sostuvo con trabajo durante 14 años que AEPA existiera, sigue insistiendo.

La insistencia en el trabajo clínico como consustancial a la pertenencia institucional en AEPA nos permite hoy poder recoger con mayor templanza la timidez inicial que abrigaba algunas postulaciones. Así hoy nos presentamos sosteniendo que la institución, como concepto, se constituye en condición necesaria, pero no suficiente, a la formación del analista.

Una formación en las formaciones del inconsciente que no ha dejado de ser una problemática irresuelta en la historia de las instituciones y del psicoanálisis mismo.

Collalbo implica para nosotros una vía de trabajo para esa irresolución, una vía que propicie convertir el síntoma de la escritura en alguna escritura del síntoma institucional que atraviese el nudo alienante Teoría - Práctica.

¿Es planteable la interrogación de si el analista a advenir es el síntoma de la institución analítica?

Como verán, para nosotros, el lugar de psicoanalista no es un hecho consumado, ni heredado, ni comprado, tan solo un lugar a conquistar, hacer existir esa conquista como posible va en la vía de poder poner en cuestión toda nuestra actividad.

Por eso también estamos hoy aquí...

 

II

Un eje pretenderá, al modo del hilo de Ariadna, conducirnos en la orientación de la intencionalidad de este texto.

Desde Tótem y Tabú al Malestar en la Cultura recorreremos las formulaciones paradojales de superyo freudiano en la clínica y en la civilización.

Tótem y Tabú, es uno de los puntos más altos de la reflexión freudiana sobre la función del Padre.

La construcción de ese mito, "mito científico", como algunos lo han caracterizado, que homologa en sus formulaciones el acceso de la constitución simbólica del sujeto, nos habla de una fundación.

El mito nos habla de los orígenes, habla siempre de una pérdida, y esta función de la pérdida es la que viene a soportar el mito en la metapsicología freudiana.

“Si la omnipotencia del deseo torna veraz la muerte mítica del Padre y el sentimiento de culpa es la operación segunda que asegura su retorno, el narcisismo es el eslabón que está en la base de la continuidad de la historia y de la transmisión de la Ley”.[1]

Un antes del Padre o un Padre primordial(mente) real.

La alianza del pacto y el crimen inauguran el tema de la Ley y sus obediencias.

Con el asesinato surge el Padre como lugar de la Ley. La obediencia retrospectiva surge como producción metafórica de una añoranza del Padre, que retorna sobre la vía del amor.

Al Padre se lo mata y se lo llora. Hay odio y amor. Ambivalencia ligada al complejo paterno que comanda el orden del lazo social vía culpa fraterna.

Pero no todo el Padre terrible se diluye en el pacto fraterno, un resto queda.

Ese resto que queda como residuo real del Padre muerto muestra su perfil amenazante de retornar.

Así la añoranza del Padre, efecto del pacto fraterno, en su relación a la Ley, hace que esta relación sea heterogénea. Pues no está exenta de ese no todo simbolizable.

Podemos pensar que sobre la base de esa añoranza se fundan las instituciones en su ordenamiento de necesariedad en nuestra cultura.

En relación a la ambivalencia que comanda el lazo social Freud ya nos advertía de la exacerbación de ese conflicto cuando al hombre se le impone la tarea de vivir en comunidad.

" El proceso que comenzó con el Padre concluye en relación a la masa ".[2]

La construcción del concepto de obediencia retrospectiva y los efectos de culpa y deuda articulan el nivel del mito con la historia.

Raíz del complejo de Edipo que en la prohibición del parricidio e incesto anuda el deseo a la Ley del Padre.

Ley que impone el deseo de un bien perdido e inhallable que marcará la ruta del destino de insatisfacción y malestar.

Pero no todo en la culpa es amor, también hay odio y temor a su venganza. Lo que del Padre muerto no logra hacerse símbolo y amenaza retornar lo entendemos como la raíz de la constelación superyoica. Este es el punto de falla de la Ley simbólica. Los agujeros de la Ley.

Los caminos de superyo conducen al Padre desde el Edipo hasta sus senderos colaterales pulsionales. No todo lo referido al Padre es mera identificación secundaria, su faz de intramitación vía deseo inconsciente muestra su estofa pulsional.

Residuo regido por la mudez de la pulsión de muerte, el superyo testimonia la vigencia del crimen innombrable en una subjetividad se hostiliza a sí misma y en su erosión devastadora facilita el peor de los fracasos.

La deuda no reconocida del Padre no se hace Ley, sino puro mandato. Implica la recusación del Don y el intercambio, y abre la vía del castigo sacrificial y el desafío.

La herencia es la marca de una culpa que nos constituye y la clave de toda herencia está en su tramitación, que tiene su secuela y su costo.

El tema de las culpas y las deudas nos permiten ubicar la vía de un pago posible y también de un saldo imposible que deja como roca viva de lo impagable el tránsito por las faltas del Padre.

El sujeto deberá pagar la singularidad de su deseo con la pérdida del amor y protección, en un duelo que significa enfrentar la falta propia y la del Padre hecha castración. El traspaso del umbral del Padre implica el duelo por el abandono del sometimiento y por la pérdida de los emblemas idealizantes.

El piadoso amparo que, vía culpa, asegura el sometimiento al castigo del destino, es el punto donde la miseria neurótica, de un sujeto o una institución, cede la responsabilidad de los actos al Otro.

La operación simbólica que modifica la arquitectura subjetiva del deseo es la posibilidad de un amor "hereje" al Padre que permita servirse de sus dones.

Malestar en la Cultura es la mostración de una subjetividad masoquista que como posicionamiento estructural hace confluir el hostigamiento exterior e interior en la instancia superyoica.

¿Cómo entender al hombre, el mundo, y el muro que los limita?, muro externo e interno entre los hablantes puercoespines y la cultura.

Hostilidad de la cultura que se nutre de la hostilidad pulsional.

Fallas de la naturaleza, del cuerpo y de la Ley que nombran las fuentes del desarreglo constitucional humano.

Falla estructural que como núcleo incomprendido y desrregulante es soportable con calmantes que no reducen el malestar.

El malestar no equipara el bien al bienestar ni al placer, no hay armonía ni consigo mismo, ni con el prójimo, ni con el otro sexual.

Lenguaje y desvalimiento colocan al sujeto a merced y dependencia del Otro. Relación de auxilio y hostilidad vértice de articulación de la identidad y la separación.

Entre el Otro inolvidable e inhallable que resta a lo simbólico y los otros, esa alquimia virulenta del goce y las vicisitudes del deseo, configuran el marco de una existencia, donde el superyo, esa especie de exclusión íntima que hace de lo extranjero lo íntimo, muestra la marca de lo que de la Ley se liga al malestar.

Cicatriz de diversas herencias, donde sexualidad y muerte configuran el anverso y reverso de una misma trama, el superyo sería el conector metapsicológico que anudaría las tres fuentes del sufrimiento humano.

También el elegir este hilo conector es en función de enfatizar aquello que hace a los límites de nuestra clínica.

Desde la ofrenda sacrificial de víctima inocente de la histeria, pasando por la autopunición culpógena y el castigo a advenir en obsesivo, hasta el destructivo autorreproche del melancólico o el delirio persecutorio en la paranoia otras tantas figuras de nuestra clínica nos muestran los efectos del padecimiento en el sujeto y sus instituciones.

Así también y en los bordes mismos del fracaso de la labor analítica, la reacción terapéutica negativa, el masoquismo primario y los que fracasan al triunfar nos ubican en el universo mórbido de la culpa y en la tarea imposible, a veces, de la recuperación del deseo en la vías de un posible advenimiento.

Pero no hablo sólo del deseo de los otros, hablo también del deseo del analista, que como cualquier otro, puede perderse o extraviarse o no constituirse.

Aquí es dable pensar que la institución como propuesta y límite tiene algún trabajo a realizar en la conquista de esa posibilidad.

 

III

El malestar en las instituciones no escapa al retorno amenazante del goce que anida en su estructuración constitutiva.

El anecdotario político de las instituciones analíticas en nuestra historia y en la historia del psicoanálisis dan prueba de ello.

La institución es también la trama de los discursos que se nos impone a pesar que los desconozcamos, esto también explica el malestar. Es una herencia a tramitar.

Ya no sólo se trata de una cuestión de poder sino de dirección. No solamente una cuestión de transferencias más o menos hábilmente enlazadas y sosteniéndose sino de aplicar una dirección a ese goce.

Esto implica el trabajo de cierto cálculo, la posibilidad de que se constituya una lógica que contemple la inclusión del otro en la política y en la economía de ese trabajo.

Indagar los vínculos de una apuesta de estas características nos coloca como institución en la pelea por nuestro destino, tomando y dando lugar a nuestros fracasos, culpas y muertes en la búsqueda de un futuro que no sea solo la ilusión de un porvenir, sino la indestructibilidad de un deseo que sostenga en su avatar aquello que es y fue una apuesta a la vida, en un estilo que dirá que analistas somos y que analistas pretendemos ser.

¿Cómo explicar un proyecto como el nuestro, cuál es el orden de sus razones o de su insensatez?

Tenemos ideales, principios fundacionales que orientaron nuestra acción, pero no pretendemos idealizar los ideales, sabemos que eso implicaría un redoblamiento alienante que entronizaría aun más el malestar y la figura superyoica.

Una de las típicas formas de como aparece esta institución del superyo en la institución es la que muestra la obediencia. Obediencia al sentido consagrado.

Obediencia que no es reconocimiento sino sumisión y sometimiento por el goce. Goce de pertenecer.

Otra forma no menos alienante y también condenada al fracaso es la vía del amor.

Si bien ésta forma de inclusión esta más cerca del ideal, vía identificación, tampoco alcanzaría, ya que no deja de entronizar al Otro como garantía absoluta de pertenencia.

Pero debemos informar e informarnos, ni el tirano superyo, ni el amable ideal, nos garantizan nada. Nada del ser, del saber o del amor.

La única propuesta posible es la del trabajo, trabajo al que nos obligan nuestros pacientes en el desafío cotidiano del vivir.

Nos podríamos quedar con el confortable recurso de reenviar estas cuestiones al análisis del analista, y no es que consideremos que éste sea menos necesario que lo planteado para la institución como concepto, simplemente pesamos que el trabajo institucional forma parte de ese análisis.

Para que nuestra clínica no se convierta en el retorno de lo reprimido de la neurosis de transferencia de nuestros analistas con la institución, la dirección política de la institución debe apuntar a no reducir los deberes implicados en el deseo del analista, generando un acto de apropiación no satisfactoria del deseo y una despierta relación con el inconsciente en el reconocimiento de la experiencia de su existencia y en la realización de sus efectos.

Nuestra pretensión de una acción orientada en la búsqueda de su eficacia no ha tenido pocos tropiezos, tropiezos donde se deshacen nuestras vanidades y nos muestran las fisuras y las manchas de los ideales.

Poder - Dinero - Reconocimiento - Amor - Odio - Prestigio - Alianzas -Peleas - Torpezas - Aciertos, configuran un inventario inacabado de pasiones que confluyen en el sostenimiento y en los obstáculos que se instauran en una estructura que se funda en la práctica de un trabajo.

Un trabajo que en la economía de sus intercambios transita los avatares de toda organización humana, entrecruzando los destinos, transformándolos con sus proyectos que se sostienen en la apuesta de querer lo que desean.

Los lazos libidinales que anudan a los grupos son consignas que pretenden conjurar la finitud de nuestra existencia y así soportar la estafa de eternidad que construye a los cuerpos.

Las intervenciones que sobre nuestras recíprocas transferencias nos enlazan deberán responder al sostenimiento de una ética, que como política, no entronice las servidumbres yoicas que matan el futuro y nos responsabilice de los actos que producimos.

Por eso hoy aquí, en una vuelta de la historia "volvemos" a Collalbo a constituir y constituirnos con algunos otros para que sostengan nuestro diálogo.

Para que celebremos un encuentro con el futuro incierto que Freud soñó en los límites del malestar.

Un malestar al que nuestra palabra como acto sitúa en el umbral del futuro.

Futuro que en nuestro caso sigue siendo el proyecto Freudiano del psicoanálisis.

 

Noviembre de 1994

A la memoria de mi Padre, de cuyo silencio ... la historia me ha dejado pasiones y palabras.

 

______________

[1] Oscar Masotta. Ensayos Lacanianos

[2] Sigmund Freud. El Malestar en la Cultura.


Volver
Articulos relacionados

Por la Lic. Sandra Vieira, eje temático anual “De la fantasía al fantasma, un recorrido en la experiencia psicoanalítica”. “Qué linda manito”

Leer más

Por la Lic. Sandra Vieira. Presentación en el seminario del Comité Científico de AEPA “El deseo en la clínica actual. Deseo y estructura”.

Leer más

Por la Lic. Sandra Vieira. Por qué cuando pensás elegir una profesión, oficio u ocupación se aparecen todos los fantasmas, los miedos, las presiones familiares, etc.? Como influye el fin de la escuela secundaria? Como saber cual es nuestra “vocación”?

Leer más

Por el Lic. Francisco Luzza. "Aquí estamos hoy, dándole una importancia quizá insensata a las décadas, que fijan un tiempo llegado, que nosotros queremos que sea de celebración; celebración de los encuentros..."

Leer más

Por el Lic. Gustavo Rebagliati."Hoy, en lo actual de este encuentro, me planteo la posibilidad de compartir con ustedes la problemática del deseo del analista. Nuevas lecturas y relecturas, textos ya leídos me llevaron a la conclusión que..."

Leer más

 

Random Image
38