Palabras de Francisco Luzza en la presentación del libro "Marcas del Analista" escrito por el psicoanalista Alberto Fernández

El 29 de marzo de 2017, Francisco Luzza participó de la presentación del libro "Marcas del Analista" escrito por el psicoanalista Alberto Fernández.

Ante todo quiero agradece el poder estar hoy aquí para presentar, en este acto, un libro de Alberto Fernández.

Libro que desde su título nos sitúa  en aquello que nos implica e involucra. Marcas del Analista

Marcas que son huellas, huellas reconocidas en aquello que nos tocó y aún nos toca en nuestra historia y recorrido como analistas.

“Complejo oficio “como nombra Alberto y que hace de este quehacer una interrogación permanente.

 

Las marcas que recorre el texto son una transmisión de los efectos singularizantes que han marcado en él y en su práctica y que en sus diversas aristas podemos reconocernos.  Marcas de enseñanza y Marcas del análisis.

Una de esas Marcas ubicadas en el texto a la que quiero referirme de manera especial, es aquella que se ubica en el llamado retorno a Freud.  “Acontecimiento retorno a Freud” que me permite una pequeña  disgresión personal porque alude, en este caso a una de mis Marcas.

Cuando me acerqué al psicoanálisis fue por la puerta de “Leer a Freud” y esa puerta, esa vía de trabajo,  me la abrió Alberto.

Leer a Freud en la búsqueda de la formación por fuera de la Universidad, como se decía en esa época.

El análisis personal, la formación con los textos y la relación con los otros, eran los cimientos sobre los que construíamos nuestro futuro en aquel entonces.  Formulación inicial de vigencia permanente aún hasta estos días.

 

Pero leer a Freud era leerlo de cierta manera, ya que el retorno a Freud propiciado por Lacan y mediado en Buenos Aires por la palabra de Massota, ya se había producido.

Ese impacto en el campo del saber constituido ya había generado sus efectos de transmisión.

Implicó una manera de restituir al psicoanálisis su radical originalidad.

Creo que se trataba de leer a Freud para poder así escuchar.  Por esa puerta, ese acceso a los textos y el cómo trabajarlos, que Alberto me enseñó, me transmitió e impulsó mi deseo, en relación al psicoanálisis, es que quiero,  hoy, darte las gracias.

Ese modo de enseñanza y lectura propició una modalidad que encuentro hoy en el estilo de escritura de este texto y que es la idea de Freud con Lacan, Lacan con Freud.  Un lado a lado que articula, integra e interroga.

Transmisión-Institución-Experiencia del Inconsciente y lo Real del Malestar en la Cultura, son capítulos de este libro que aportan con un tono sencillo, pero compacto y contundentemente riguroso la idea de un analista, ocupado en pensar lo que hace y en decir lo que piensa.

 

Un decir que, en la particularidad de sus acentos,  no se ahorra el espíritu crítico de señalar algunos dogmatismos o infatuaciones en los que la práctica ha incurrido, por imperio de las modas o la prisa en el uso de ciertos conceptos, en la historia del psicoanálisis en nuestro país.

Respecto del lugar del analista y sus intervenciones, también nos muestra la idea de despurificar esa función atendiendo a las diferentes maneras de intervenir, siempre modeladas por el tiempo y el lugar transferencial y donde la eficacia está siempre del lado de lo singular del anudamiento posible.

 

Asimismo, volver a situar al análisis del analista como la ineludible “vereda no intelectual de los conceptos” y como la Marca fundamental de la experiencia del inconsciente parece una verdad de Perogrullo o una simple obviedad.  Pero me parece muy atinado volver a recordar esa simple obviedad para que los analistas no “olviden “las recomendaciones freudianas al respecto.

 

Lugar, este, del analista, que hay que conquistar día a día, en lo cotidiano de nuestro trabajo, en esa cita con el otro y su sufrimiento.

Ese es otro hilo que recorre distintos momentos de este libro.  Entender y enfatizar que lidiamos con el sufrimiento del otro, y que en el manejo de esas transferencias que sostenemos, provocamos y soportamos, está la clave de nuestro trabajo.

Trabajo que como decía Freud, es nuestra fortuna. 

 

En ese trabajo, también están los otros analistas y en la construcción de esos lazos nos cruzamos con lo institucional.

Respecto de lo institucional, el texto nos abre al interrogante sobre si la política de las organizaciones de analistas guarda alguna consistencia con el discurso que se descifra de la práctica clínica.

Digo esto porque lo institucional, a veces, vuelve religioso cualquier discurso y tener la audacia de romper con la obediencia del sentido consagrado y sostener las preguntas engendradas en la deriva de la práctica,  harán o no posibles ciertos modos que estén en fina sintonía con el discurso que se pretende transmitir.

En este punto me pareció interesante que Alberto destaque las “cosas del amor” y del “todos ponen” como una forma de posible productividad en un grupo de trabajo.

 

En este eje de lo institucional, Alberto se pregunta si los analistas estaremos lo suficientemente advertidos sobre los empantanamientos de la pequeña política de los narcisismos y el poder para que estos efectos de grupo, no produzcan las constantes divisiones, disoluciones, o extravíos de las instituciones psicoanalíticas.

Verdaderamente no lo sé, y quizás nunca se esté lo suficientemente advertido, pero creo que las más de las veces, esas rupturas, escisiones, disoluciones, no fueron por cuestiones teóricas fundamentales, es decir del orden del fundamento, como sí le ocurrió a Freud. Por lo menos desde la década de 80 en adelante. Pero sobre esto hay mucha historia escrita en nuestro país y por supuesto, diferentes perspectivas.

 

Pero lo que sí creo y espero, es que las distintas formas que adquiera “el al menos dos” que se le exige al analista, pueda seguir sosteniendo la pregunta sobre lo que no anda, para que esta práctica, en que la palabra es aún la medida del hombre, pueda seguir existiendo y pueda propender a generar una circulación de los “entre dichos de la lengua de los analistas”.

 

Quizás también en el orden institucional restituir la función del corte y darle lugar a la falta, permitirá favorecer la renovación de la apuesta al deseo en relación al psicoanálisis.

Seguramente tendremos que lidiar con lo real que acecha a nuestras “comunidades de puercoespines”

 

El capítulo Experiencia del Inconsciente nos muestra con notable justeza la utilización, como herramienta conceptual, del nudo borromeo, para transmitir y abordar la praxis en un psicoanálisis.

Las temáticas elegidas, como masoquismo, culpa, angustia y notas sobre la perversión, son verdaderas lecciones que muestran un hacer sobre el manejo de la transferencia y el cuidado de la puesta en forma del acto analítico.

 

La rueda de la culpa, desde su articulación a la deuda, hasta su presencia más muda y feroz, abre junto al tema del masoquismo, la interrogación sobre los límites del accionar de un analista.

Lidiando con la tenaz irreductibilidad de la pulsión, pero abriendo también, el camino de un posible hacer con el acotamiento del goce.

 

El tema de la angustia, ese don ambiguo que habita la casa del hombre, nos muestra sus caras paradojales y también la ubica en el plano de ser la fuente reveladora del drama opaco del deseo en la existencia humana, es quizás el texto donde nuevamente se abreva el “lado a lado” de Freud y Lacan para entender las distintas formulaciones posibles sobre ese afecto, que no engaña y que nos afecta a todos por igual, conmoviendo nuestros fundamentos y nuestra historia como sujetos.

 

El último capítulo sobre lo Real del Malestar en la Cultura plantea varios artículos sobre el eje de las fuentes del Malestar planteadas por Freud en su texto el Malestar en la Cultura.  Las insuficiencias del cuerpo, de la naturaleza y de la ley en la relación con los otros, constituyen una tríada que freudianamente como tiene conector metapsicológico al concepto de superyó.

 

Asímismo toda una semblanza de la época caracterizada por el repliegue de la palabra y la reducción de lo simbólico con el consiguiente aplanamiento del sujeto, nos sitúan, como lo llama Alberto, en el piso cultural de nuestra práctica.

 

La conjunción de las incidencias y efectos de lo irreductible de la pulsión de muerte y las marcas de nuestro tiempo nos ofrece el Real que nos toca y el desafío de hacer algo con eso.

 

Estos tiempos donde el predominio de la ilusión imbatible del TODO alcanzable y la juntura de la ciencia y el capital, traccionan un discurso, el capitalista, que ofrece distracciones subjetivas, vía el consumo, que rechaza la falta como movimiento de apertura del deseo de nuestro sujeto

 

Imperativo de goce que pretende promover una existencia sin deuda y sin culpa.

 

Así entre inevitable freudiano y el imposible lacaniano, Alberto discurre con un estilo posicionado, que sin pesimismo y sin la caída en la impotencia, muestra que en ese encastre imperfecto con el otro, el psicoanálisis es una vida de posibilidad en tanto que en su decir y en sus intervenciones se apunte al resguardo de la falta.

 

Este libro sobre las Marcas del Analista, muestra en los hilos de su recorrido, lo que hace a un estilo.  Un estilo que puntualiza lo que a cada uno le sirve para dar cuenta de lo que hace.

Y este libro marca lo que Alberto hace con lo que es, un analista que es testigo y partícipe de su época, esta, nuestra época y constituye un valioso aporte a la cultura del psicoanálisis y su transmisión.

 

Un libro es todo un gesto, un ademán, acaso un acto de amor y seguro un efecto de trabajo.

 

Por ese trabajo y no sin amor, estamos hoy aquí y celebramos por ello.  Para que todos podamos tener, como dijo el poeta, “Una mañana silbándonos la espalda”.  Muchas gracias

 

Francisco Luzza-Marzo 2017


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